Emergo es patética. No entiendo como Rodrigo Cortés, que siempre es tan original en todo, ha podido hacer un guión con todos los tópicos habidos y por haber. Y no hablemos de la plana dirección de Carles Torrens, que no consigue ni dar un susto, ni lograr un solo momento ya no de genialidad, sino tan solo aceptable. Señor Cortés, espero con ansias su próxima película como director, pero a partir de ahora desconfiaré de cualquier película producida por usted y su próximo film, me dará más miedo del que debiera por lo que usted ha dirigido hasta ahora. Espero que todo haya sido un estúpido accidente.
Que Lars von Trier debe ser un hombre no muy cuerdo es algo que cualquier observador de su cine, sus ruedas de prensa y entrevistas puede deducir sin estresarse. Pero quizás no todos sepan que hace poco, el director danés pasó por una profunda depresión. Tanto esta como su anterior película, la excelente Anticristo (creo que a algunos que les gusta Melancholia no pueden con Anticristo porque la penúltima película de Trier no da tregua al espectador, cosa que sí hace ésta a través de la belleza de las imágenes) tratan sobre los abismos de esta depresión, pero si en Anticristo el estado es la depresión profunda, en esta se mezcla dicha depresión atroz con la propia melancolía, según el propio Trier "el don de la depresión", ya que es donde reside la capacidad del depresivo de crear belleza.
La película de Trier, que trata de la depresión que sufre el personaje de Justine, al que interpreta Kirsten Dunst, está dividida en dos actos, uno dedicado a cada hermana (la citada Justine y Claire, interpretada por Charlotte Gainsbourg). Sin embargo, creo que podemos dividir la película en cuatro partes.
La primera sería un breve prólogo compuesto de planos extremadamente ralentizados que en algunos casos recuerdan a composiciones renacentistas y que se suceden sobre la música de la ópera "Tristán e Isolda" de Wagner. Preguntado Trier sobre la influencia de la pintura renacentista y la romántica sobre su última obra, el director danés no la niega, aunque reconoce que sus imágenes están más influenciadas por el cine que le gusta y que reconoce que copia (un poco a lo Tarantino, para reinventarlo) poniendo como ejemplos concretos la influencia de La noche de Antonioni en el paisaje del campo de golf ante el castillo y la de Bergman en películas como Sonrisas de una noche de verano a la hora de alejarse en los exteriores de los protagonistas para conseguir grandes escenas nocturnas en las que se sienta el espacio.
Este prólogo, hermoso, hipnotizante, sirve de presentación del estado melancólico de Justine. Ella desea que todo termine, incapaz de vivir en un mundo que no comprende y en el que se siente aislada, perdida, y su forma de imaginar el fin de su sufrimiento es el de una bella destrucción del planeta. Podríamos decir que todo el elemento fantástico sobre el choque del planeta Melancholia con el planeta Tierra es una metáfora sobre el estado anímico de Justine, a punto de entrar en colisión y destruirse para siempre.
Tras estas imágenes pictóricas comienza técnicamente la primera de las dos partes en que se divide la película que se titula con el nombre de Justine. Esta parte del film nos muestra el día de la boda de la protagonista. Todo parece normal. Ella es hermosa, la familia espera en un lugar idílico para llevar a cabo la celebración, el novio quiere a su chica,... Sin embargo una cierta extrañeza, un cierto temor a los acontecimientos y al comportamiento de Justine se va instalando entre los invitados al tiempo que empiezan a mostrar sus propias miserias. Pronto Justine empezará a dar síntomas de su inestabilidad mental al tiempo que los invitados darán un amplio muestrario de deficiencias emotivas. Todo ello narrado casi cámara en mano, en un estilo que recuerda al Dogma y que por su trama de convite nadie puede ver sin recordar la espléndida Celebración de Thomas Vitenberg (la mejor película Dogma junto con Los idiotas del propio Trier). El tono parece ligero, cercano a la comedia (ese extraño humor nórdico) y no hace preveer, si no fuese por el prólogo, la desgracia que va a venir en la segunda parte del film. Destacar la interpretación de Kirsten Dunst (en este fragmento y en toda la película) en un papel que en principio Trier escribió para Penélope Cruz pero que ésta no pudo realizar por problemas con sus compromisos más hollywoodienses (alguien debería asesorar mejor a nuestra actriz). Dunst parece que congenió con Trier porque según el director, conoce en carne propia los estados cercanos a la depresión que trata el film. Ambos, director y actriz pues, se entendieron a la perfección y Kristen Dunst, ofrece la que es, hasta ahora y quizás para siempre, su mejor interpretación en una película.
La segunda parte se titula Claire (la hermana que interpreta Charlotte Gainsbourg). La boda ha terminado con poco éxito y Justine ya está sumida en una profunda depresión que a veces incluso le impide moverse. Claire prueba de cuidarla y de que salga adelante. Su vida, al contrario de la de su hermana, parece bastante fructífera, ya que tiene dinero, un marido, un hijo y se siente cómoda con su situación. En esta segunda parte del film (tercera en nuestra crítica) Trier tiende a la dispersión para narrar los estados anímicos de ambas hermanas. La película se parece más a su película anterior Anticristo ya que se desestructura internamente, aunque sigue fiel a los espacios bellos y grandilocuentes. La amenaza del choque del planeta Melancholia con la Tierra empieza a cobrar protagonismo en cierto momento de la narración. A partir de entonces, vemos como el personaje de Justine, se encuentra más cómoda que ningún otro con ese posible fin del planeta. Quizás porque es lo que en realidad desea (recordad que la película se puede leer como una metáfora de sus estados anímicos y por tanto, de sus deseos) quizás porque cuando uno ha andando al borde del abismo, encontrarse con él de nuevo cara a cara no le asusta, no le viene de nuevo. Esta es la parte más extraña de la película y que a mi modo de ver sufre cierta irregularidad (leve) pero sin duda es la parte más cercana al cine disperso e inclasificable a que Trier nos venía acostumbrando últimamente. La teórica protagonista de esta segunda parte, Claire, también está interpretada con la solvencia habitual por la siempre subyugante Charlotte Gainsbourgh, a quien Trier da algo de tregua tras la brutal destrucción a que la somete en Anticristo.
La última parte es la que aparece en escena, definitivamente, el planeta Melancholia. Es la parte de pura ciencia ficción catastrofista y más allá de metáforas, lecturas sobre las diferentes maneras de afrontar la muerte y demás consideraciones técnicas y estéticas, destaca por su brutal contundencia y belleza. Las imágenes cósmicas y de destrucción, el in-crescendo de secuencias y sentimientos y su demoledor final son imágenes difíciles de olvidar, que permanecerán en nuestras retinas horas después de la proyección, en nuestra memoria días, meses después de la proyección y que sin duda formarán parte de lo mejor que se ha podido ver en el cine en el presente año.





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