La película inaugural fue Pequeñas mentiras sin importancia (Les petits mouchoirs) del director francés Guillaume Canet. Desconocido en nuestro país en su faceta tras las cámaras (también es actor), ésta es su tercera película como director e incluso ganó un César al mejor director por la película Ne le dis à personne. La película inaugural fue realmente una agradable sorpresa. Con una duración, quizás un poco excesiva de dos horas y media, el film empieza con un brillante y largo plano secuencia que termina de forma abrupta. A partir de aquí se nos presenta a sus personajes, un grupo de jóvenes amigos de entre 30 y 40 años (alguno mayor) que cada año se reunen en la casa de uno de ellos para pasar juntos unos días de vacaciones. Durante la primera mitad de la película nos encontramos ante una comedia pura, un poco folletinesca, con situaciones realmente divertidas y cómicas a veces cercanas al cine de Woody Allen y otras muy al estilo francés. Realmente graciosa (y yo no suelo reír mucho en las comedias habitualmente), goza de algunas escenas tronchantes y otras un poco más trascendentes. La película, que en el fondo trata de personajes que deambulan perdidos por sus vidas, se va acercando en su segunda mitad al drama hasta abarcarlo por completo. En su exceso dramático es donde quizás la película flojea más, además de en su absurda y excesivamente emotiva escena final. Pero pese a ello, el resultado es realmente notable, la película divierte y emociona y los personajes se nos antojan tan graciosos como nos generan tristeza, debido en parte a los temas cercanos que trata la película y con los que nos podemos sentir identificados y sobretodo, en la brillantísima interpretación de todo su reparto, en absoluto estado de gracia, tanto en la parte cómica como en la dramática. La selección de canciones de su banda sonora es también brutal, pese a que a veces la utilice con excesiva carga melodramática. En definitiva una película tan fresca como seria, altamente recomendable
